La carta que a continuación se reproduce nos ha sido enviada por el Rdo. Hno. Don Emilio Castro, durante muchos años encargado de la didáctica de las Ciencias Naturales en el Colegio "La Salle" de Teruel, retirado en la actualidad en el colegio que los Hermanos de La Salle tienen en Benicarló. Por la época que le correspondió ejercer la enseñanza, fue testigo de un tiempo en el que todavía estaban en funcionamiento las minas de azufre de Libros y se descubrían muchos de los hoy famosos restos fósiles de vertebrados del Mioceno de Teruel. El Hno. Emilio Castro, junto con el Hno. Rafael Adrover, fueron los artífices de la consolidación del que hoy es el mejor Museo de Ciencias Naturales de Aragón, el del Colegio "La Salle" de Teruel. Aquí nos cuenta la historia de las "ranas de Libros", unos fósiles que hoy pueden alcanzar valores superiores a las 150.000 pesetas.

LAS MINAS DE AZUFRE DE LIBROS Y SUS RANAS FOSILES
Por Emilio Castro - Boletín Nº 8

Las ranas fósiles de Libros -Teruel- fueran dadas a conocer por el R.P. Longinos Navas, S.J., bautizándolas técnicamente como "Rana pueyoi"; salían en las minas en una pizarra bituminosa que separaba las capas de azufre. Según una antigua versión sobre el origen de estos yacimientos, en los terrenos que contienen el azufre y durante el Mioceno continental -Era Terciaria-, habría allí unas fuentes termosu1furosas algo parecidas a géiseres. Cuando manaban a gran temperatura salía el agua con azufre -gas sulfuroso diluido-, y al enfriarse en el exterior el azufre se depositaba sedimentándose, formando el agua charcas y lagunas. Allí vivían ranas, salamandras, serpientes y otros organismos que el manar las fuentes repentinamente como géiseres y elevarse considerablemente la temperatura, el agua termosu1furosa mataba a todos los animales de la charca y se depositaban en el fondo. La fermentación anaerobia produjo pizarras bituminosa o "sapropel", que los mineros llamaban "disodilas". Este tipo de pizarras se formaron también, con o sin azufre, en Araya, Ribesalbes (Castellón), Rubielos de Mora (Teruel), Lorca (Albacete), etc.

Yo conocí Libros entre los años Í952 y 1958. Se sacaba mucho azufre y no se gastaba ni un solo kilo de carbón en su producción. La pizarra bituminosa que salía, después de desmenuzarla unas trabajadoras, servía de combustible para fundir el azufre. Hubo un ingeniero alemán, llegado durante la Primera Guerra Mundial, que quiso extraer el azufre por condensación de los gases sulfurosos en un gran mortero, alejado casi 100 metros del resto de las instalaciones, para extraer de dos a tres toneladas de azufre cada vez. No tuvo éxito y, según parece, esto le llevó a suicidio.

Los gases de azufre se incendiaban sin necesidad de llama y resultaba peligrosísimo. Lo que acabó con las minas de Libros fueron las refinerías de petróleo, que rendían azufre con más facilidad, y las ganas de librarse del impuesto que tenían que entregar al Estado, del 30 al 50%. de la producción, para usos militares. La empresa fue adquirida por la CROS S.A, que en cuanto tuvo la mayoría de acciones cerró. La zona de las minas es ahora un lugar abandonado, donde no vive nadie. El pueblo más próximo es Riodeva, donde se explota caolín por una compañía valenciana. Los camiones que van a aquellas canteras pasan por las antiguas minas de Libros.
En aquellos tiempos yo obtenía ranas fósiles para el colegio "La Salle" de Teruel. Como memoria histórica os contaré como llegaron a mis manos muchos de aquellos ejemplares. La primera la obtuve por donación de Don Luis Eugenia Martínez, ayudante de minas. Las diez siguientes a través de Don Julio Teruel, profesor que daba lecciones particulares a los hijos de empleados y mineros. Se las llevaban a él y luego yo se las adquiría. Las otras las obtuve directamente de los mineros. Os contaré la historia.

"Yo subía acompañando a un señor de Bilbao que durante algún tiempo trabajó en las minas de hierro de Bezas. Comíamos en el Comedor de Mineros, menú de minero. Llevaba una rana fósil envuelta en papel de periódico. Solía subir los viernes o sábados y todo el dinero lo llevaba en billetes de una peseta, 2, 5 y 10 pts. Después de la comida sacaba la rana y la mostraba, y comentaba algo en voz alta para que los mineros que estaban en el mostrador, bebiendo, me oyeran: "Me gustaría llevarme esta tarde cinco o seis ranas, pero mejores que esta; puedo dar diez pesetas por una rana completa". Los mineros se iban a sus casas y, siempre envueltas en papel de periódico, traían las ranas que guardaban. Yo las examinaba, si eran completas y me gustaban pagaba las diez pesetas. A las ranas que les faltaban algún detalle, patas rotas o cosas así, les bajaba el precio, a siete pesetas por ejemplo. Cuando llegaba a diez ejemplares rechazaba el resto. Los mineros insistían: "Mire usted, aunque sea por cinco pesetas, comprenda...". Resultado, que con 150 pts. bajaba de las minas con veinte ranas.
Calculo que llegué a obtener unas 250 ranas. Algunas las cambié por minerales y fósiles a holandeses y alemanes. Otras las mandábamos a la Plaza Real de Barcelona, a "Soler i Pujol", que a cambio nos proporcionaba libros, alfileres entomológicos, martillos, escarpelos,... Las últimas nos las pagó a 200 pts el ejemplar. El Hno. León era el que las enviaba y cobraba, a mi sólo me conocían en Barcelona como entomólogo. Así logré montar las vitrinas del pasillo como Museo de Ciencias Naturales "La Salle" de Teruel, cuando estaba en lo que es hoy el edificio de La Cruz Roja.

Con ocasión del III Cursillo de Paleontología de Sabadell, los doctores Villalta y Crusafont me propusieron preparar unas 45 ranas, para dar a cada uno de los cursillistas un fósil de Libros. Por supuesto, de las 45 ranas Don Josa Villalta y Don Miguel Crusafont eligieron las dos mejores para ellos. En el restaurante del Hotel Turia en el menú figuraba "Rana", lo cual dio lugar a no pocos comentarios y gestos raros en los asistentes. Pero al final de la comida los camareros presentaron en un plato, con toda solemnidad, una rana fósil a cada uno de ellos. Fue un exitazo; algunos bailaban de contentos. "El mejor plato que me han servido en mi vida", exclamaba un andaluz. A los ocho meses se cerraron las minas y se acabaron las ranas fósiles.

Todavía quedaban algunas personas que poseían ranas, pero no querían venderlas. Siempre me acordaré de como obtuve los tres últimos ejemplares y que a continuación relataré. El Dr. Don Miguel Crusafont Pairó vino en Semana Santa a excavar en Los Mansuetos; antes subió a Riodeva. Le enseñaron una rana, buena por cierto. Los propietarios no querían venderla porque la conservaban como recuerdo de su boda. Detrás, sobre la pizarra, figuraban las letras S-M y un corazón flechado. El Dr. Crusafont me pidió si yo podría ir con él y con Dña. Purificación Atrián, arqueóloga de la Diputación de Teruel. Yo vestía el hábito religioso y parece que aquello imponía algo más a aquella gente sencilla del pueblo. Cuando vi el ejemplar me gustó mucho. Les dije que la rana iría a parar al Museo de Sabadell, famosa en Europa. Tras una hora de "tira y afloja", por treinta pesetas se cerró el trato y el Dr. Crusafont, sacando la cartera, pagó los tres billetes de 10 pts. ¡Pero la rana había desaparecido!

El Dr. Crusafont se puso nerviosísimo; aquello parecía el "timo de la estampita". Con calma comenté a la señora de la casa que la rana la tenía la hija, una niña de unos ocho años. Se llamó a la niña; decía que no sabía nada. Entonces le dije yo: "Te he visto salir con la rana. ¿Dónde la has puesto?". Se puso a llorar y, entre sollozo y sollozo, comentó que no quería que se llevase aquel señor la rana. Al final reconoció haberla puesto bajo el colchón de su cama. La mamá fue y la sacó, la envolvió en papel de periódico y nos la entregó. Mientras bajábamos nos decía Don Miguel: "Esta es una rana de película; menos mal que estaba el Hermano...".
Las dos últimas también tienen apasionante historia. El Teniente Coronel Don Adolfo Martínez de Tudela era el jefe militar de toda la provincia de Teruel. Era el tiempo de los "maquis" y los guardias civiles recorrían en parejas toda la provincia, según las órdenes que les daban. Este señor tenía el hijo en nuestro colegio. Un día, en el pasillo, se fijó en las ranas y me preguntó su origen. Le comenté que procedían de las minas de Libros, pero que ya estaban cerradas; los mineros y los vecinos de Riodeva, tal vez guardaran alguna como recuerdo, Don Adolfo salió de inspección una tarde hasta Villel.

No había pasado la “pareja”. Prosiguió por la carretera hasta Libros; tampoco habían pasado. Luego tomó la carretera que sube a las minas y allí en la chopera encontró a los dos guardias civiles quienes se levantaron muy rápidamente y se cuadraron firmes.

Don Adolfo les preguntó cómo podían llevar tanto retraso. "Este reloj... sabe usted... se retrasa muchísimo...". "Bueno, bueno", respondió Don Adolfo. "Yo venía a las minas para ver si podía hallar alguna rana fósil; ahora están cerradas y será difícil...", continuó. Pero el Cabo le respondió textualmente. "No se preocupe, mi Teniente Coronel, de esto me encargo yo; vuelva aquí en tres días y tendrá tres ranas". Efectivamente, le consiguieron tres buenas ranas. ¿Como? Muy sencillo, había ex-mineros que se emborrachaban y cosas así, y el cabo les dijo: "Me vais a pagar todas las borracheras si antes de tres días no tengo aquí tres ranas". Rebuscaron entre las pizarras y consiguieron dos; la otra se la dio una mujer de Riodeva. A los tres días Don Adolfo, hoy general de la Guardia Civil retirado en Palma de Mallorca, tenía las ranas; dos para el Hermano, que las puso en el colegio, y otra para un amigo suyo en Madrid.

En el Museo La Salle de Palma de Mallorca, hay una rana mediocre que tuve que comprar a quien yo se la había regalado años antes. Los dos mejores ejemplares del Museo La Salle de Teruel fueron a parar a Don Dinas Fernández Galiano, Catedrático de Biología en la Universidad Central de Madrid; le fueron cedidas por dos Hernanos "poco entendidos y algo interesados". Actualmente, en el Museo La Salle de Teruel se conservan seis ejemplares buenos, sin contar los "mediocres". Italianos, rusos, holandeses han llegado a ofrecer buenos fósiles a cambio de alguna rana. Siempre he dado la misma respuesta:"Eso debe de quedar aquí, de recuerdo y como conocimiento para las nuevas generaciones de lo que una vez se encontraba en las minas de Teruel".

El último que me pidió una de las ranas fue el ingeniero Don Rafael Fernández Rubio, profesor agregado de Hidrogeología en la Universidad de Granada, en el XI Cursillo de Geología Práctica de Teruel. Yo participaba como alumno. Se conoce que alguien le dijo que yo tenía en el Museo algunas ranas. En una de las excursiones comimos en el Restaurante El Botero, de Monreal del Campo. Durante la comida se acercó un compañero y me dijo: "El Dr. Rubio desea que vayas a su mesa". Habían hecho sitio para que me sentara y me pidió: "¿Tiene usted ranas de Libros? Me gustaría que me cediese una para la Universidad de Granada, no tenemos ninguna". Entonces en el Museo había ocho, pero mi respuesta solo podía ser una: "Lo siento, pero no puedo... y eso que sé que usted es Ingeniero en las Minas de Ojos Negros y les ha solucionado un problema serio allí... ". Entonces, aquel hombre, nos contó lo siguiente: "Yo hice ampliación de estudios de postgraduado en California. Allí, en el Museo de Ciencias Naturales, hay una sala del tamaño de una clase, con una mesa en el centro, un paño verde y un ejemplar encima, etiquetado: RANA PUEYOI -LIBROS-TERUEL-ESPAÑA-". Entonces me dí cuenta de lo que valía una rana de Libros.

Nota: artículo editado en mayo de 1997.