MI RELACIÓN CON LOS MINERALES
Por Jesús Fraile Rodrigo

Desde muy pequeño comenzaron a llamarme la atención aquellos objetos preciosos que tenía mi pediatra encima de la mesa y que eran maravillosos: tenían brillo, tenían color y eran… hermosos en sí mismos. Fui un niño atípico: yo quería ir al pediatra para ver los minerales que tenía por todo su despacho. Llegó un momento que tanto llamó la atención mi interés por sus “piedras” que me preparó una pequeña colección con minerales sobrantes de los suyos (¡y que todavía conservo con el mayor de los cariños!).

Más tarde y ya en el colegio topé con un PROFESOR (así con mayúsculas) de ciencias naturales que vivía su profesión y nos (me) transmitió su entusiasmo por toda la naturaleza y por el mundo mineral. No lo podía evitar, disfrutaba en sus clases: me imaginaba las placas continentales chocando y formándose las montañas, los volcanes y la lava y comenzando todo el ciclo mineral.

Era inevitable que poco a poco fuera comenzando mi colección de minerales: no había dinero, no había posibilidad de viajar y sobre todo, no había información. No había forma de aprender algo sobre ese mundo “tan raro” de los minerales (que diferencia con el tiempo actual en que con Internet tienes acceso a toda la información). Así que muy poco a poco y a base de pequeños regalos para cumpleaños, reyes, por las notas, etc, me fui confeccionando una primera colección de minerales. El dueño del estanco me guardaba las cajas de puros que cuidadosamente forraba de papel y dividía en compartimentos en los que introducía mis tesoros. Había pocos sitios donde vendieran minerales y no digamos donde ir a buscarlos….

Fue pasando el tiempo y fui creciendo y dedicándome a otras cosas (ya se sabe, la adolescencia, estudiar la carrera, las chicas) en fin…. algo “más importante” que las piedras y mi colección infantil cayó en el olvido.

Una mañana en el último año de mi carrera universitaria paseaba por la plaza San Francisco y los redescubrí. Volví a sentir la BELLEZA en la sencillez de lo natural y la historia geológica que encerraba cada uno en su plenitud. Era inevitable y con mi primer sueldo me compre un buen grupo de minerales (por cierto a una persona que por entonces vendía en la plaza y que ha llegado a ser uno de los comerciantes más importantes del mundo, Luis Miguel).

Desde entonces ha continuado mi romance con los minerales. Más adelante y a través de Angelines de Arte Mineral, contacté con la Asociación Mineralógica Aragonesa y me hice socio. Tuvieron que pasar más de dos años antes de que dentro de mi timidez me decidiera a asistir a una de las excursiones que organizaba y que tengo grabada en mi memoria. Fue a la cantera San Pedro de Purroy y lo que sentí no lo puedo expresar. No solo los minerales eran bellos y expresaban algo, es que además estaban de verdad en la naturaleza. Los cristales existían y se podían encontrar. Podías pasar una mañana disfrutando en el monte y además recogiendo minerales y aprendiendo.

Conocí a todos los miembros de la Asociación: A Julio Moreno que siempre que podía tiraba pa´l monte, a Paco Cebolla y su colección de español. A José Luis Larroy, el “conseguidor de permisos” por su trabajo, a Jesús Clemente, un mineralogista de campo y un sabueso en las canteras (pocas personas nos han enseñado tanto con su conocimiento y su forma de ser), a Miguel Calvo, LA ENCICLOPEDIA (todo cabe en su cabeza), a María Antonia Royo (sensible, honesta, leal y la tesorera de la Asociación) a José Miñana que se nos fue muy pronto (y que empujaba tanto que a veces no lo podíamos seguir) y a muchos otros, a Constantino Andreu, el ciclista, a Jesús Labarta, a Félix Etayo, a Vicente Hernández, el comerciante, a Ángel Arroyo, a Tomás San Miguel, etc, etc, etc y no quisiera dejarme a nadie.

Me gustan los minerales, me gusta SABER sobre los minerales, como se han formado y por qué son así, me gusta salir al campo a buscarlos (siempre con el gusanillo de si hoy encontraré “la pieza” y hoy será mi día de suerte), pero siempre, siempre sabiendo que voy a pasar un buen día en la naturaleza. Y sobre todo me gusta la Asociación y los socios: me han enseñado casi todo lo que se sobre las piedras y me han enseñado muchas otras cosas que no tienen que ver con los minerales. Creo que entre todos aprendemos en esa nuestra pequeña sede en la que casi no cabemos sentados en las queridas reuniones de los miércoles a intentar ser mejores personas.

Desde aquí animo a todos a asociarse y a participar en la asociación, a descubrir el mundo que nos abre y a descubrir las personas de sus socios, merece la pena.