HEMOS LEIDO EN LA PRENSA - NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE
Boletín Nº 9

Es sabido por todos que en el mundo de los negocios hay tiburones, tigres, leones, buitres ... y también pardillos e inocentes palomitas que se dejan encandilar por algunos ejemplares de esa otra fauna que siempre aparece, como por arte de magia, merodeando alrededor de donde se olfatea alguna posibilidad de ganar dinero fácil.

Pues una de estas historias sucedió recientemente, teniendo al oro (mejor dicho, al presunto oro) como protagonista principal de la misma. Lo malo fue que al final se comprobó, como tantas otras veces en la vida, que ¡no es oro todo lo que reluce! Veamos qué fue lo que pasó.

Nuestra historia empieza en 1988 cuando un equipo de geólogos australianos se quedó intrigado al ver a los miembros de unas tribus indígenas del interior de la isla de Borneo buscando oro en los ríos de aquella región. Al año siguiente una empresa australiana realizó varios sondeos, obteniendo unas muestras que, en principio, parecían "seductoras". Pero los resultados no debieron resultar, finalmente, tan atractivos puesto que no pudieron convencer a ninguna empresa minera de que el oro estaba lo suficientemente cerca de la superficie como para que todo aquel tinglado que había que montar terminase siendo rentable.

Todos renunciaron a seguir buscando el oro, excepto dos, un filipino y un canadiense. Estos juntaron un capital de 250.000 dólares con el que montaron en 1993 una empresa en Canadá y compraron, a continuación, por 86.000 dólares, la concesión a otra empresa minera australiana que había renunciado a ella. Y, ni cortos ni perezosos, pusieron manos a la obra e instalaron un campamento con todos los adelantos técnicos precisos, sin privarse de nada, en las profundidades de la selva Indonesia.

En 1994 anunciaron a bombo y platillo que habían descubierto oro en un remoto lugar de Indonesia, posiblemente el mayor filón de la tierra. Como es lógico, las acciones de la empresa subieron vertiginosamente y en poco tiempo unos cuantos espabilados, entre ellos los "descubridores" del oro y los fundadores de la empresa, se forraron.

Según iban llegando las noticias a Occidente, el tamaño del filón de oro aumentaba progresivamente. Los 2,5 millones de onzas (70,85 millones de gramos) calculados en un principio se trasformaron, al poco tiempo, en 200 millones de onzas (5.668 millones de gramos), que estarían valorados, a los precios actuales, en casi 70.000 millones de dólares.

La lejanía del lugar quitaba las ganas de ir a verificar si esas noticias tan fabulosas eran ciertas. Pero con el tiempo algunas de las sociedades inversoras empezaron a sospechar y a hacer preguntas. Se contrató a una consultora independiente para que proporcionara una valoración exacta del negocio, la cual llegó a la conclusión de que alguien había falseado hábilmente las muestras de mineral con oro de otros lugares y de que todo se trataba de un montaje cuidadosamente elaborado.

A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. El principal descubridor de la mina, el filipino, desapareció (según algunos, se suicidó); los directores de la empresa, que se encontraban "desolados y consternados" (como no podía ser de otra manera), negaban saber nada del fraude (suele pasar) y miles de inversores, entre ellos importantes firmas internacionales, se encontraron con que sus acciones eran, prácticamente, papel mojado. Se había consumado una de las mayores estafas de la historia.

Pero nuestra historia no acaba aquí. Siempre hay especialistas en sacar beneficios en donde otros solo han conseguido arruinarse. En estos momentos ya están en marcha nada menos que cuatro libros sobre el escándalo y se espera que al menos tres de ellos se conviertan en películas. Al final igual resulta que para algún escritor o productor cinematográfico lo de la mina de oro se convierte, gracias a la pequeña pantalla, en realidad.

Fuente: Anthony Spaeth. El País, Negocios, 18-5-1997.

Nota: Por cierto, ¿no les recuerda el final de esa historia a lo que sucedió con otras célebres minas de oro?


Pepita de oro nativo (aprox. x2). Alaska, EUA